Piratas

Batiéndose a espada los dos piratas danzaban cual bailarines por la Cueva del Muerto. El entrechocar de sus aceros resonaba en las paredes y los pasillos. Sus gritos, saltos y filigranas enmascaraban los sonidos de ultratumba que venían de las profundidades. Todo por un cofre lleno de monedas doradas y joyas que esperaba en lo alto de un pedestal al vencedor. De un golpe maestro, uno desarmó al otro y, poniendo su filo en el cuello de su adversario, le dijo lo que un caballero debe decir en estas ocasiones:
– Ríndete. Di que el tesoro es mío y te dejaré ir.
Su contrincante, lleno de ira, dijo lo único que se puede contestar.
– Jamás. Tendrás que pasar por encima de mi cadáver.
– Así sea – sentenció, preparándose para el golpe final.
– ¡Detenéos! – resonó en la gruta una voz femenina.
Los dos se quedaron mirando el origen de aquel grito. Una mujer con los brazos en jarra los miraba desde la entrada. Ambos retrocedieron.
– Os lo dije – recordó la mujer mientras se acercaba a ellos -. Os lo advertí – continuó -. Si os volvía a ver pelear por el cofre, me enfadaría. Pues bien. Ahora estoy enfadada. ¿Estáis contentos?
– Pero… – trató de decir el que aún conservaba la espada.
– ¡No hay peros ni olmos! – gritó la mujer, sacándose de un bolsillo dos monedas doradas que sostuvo en el aire – Si las queréis, me las pedís y yo os daré las que necesitéis. Pero el cofre siempre es mío.
Ella entonces le dio una moneda a cada pirata y, después, cogió el cofre y desapareció. Los dos combatientes se miraron y enfundaron sus espadas.
– Has luchado bien – dijo el derrotado -. Me tienes que enseñar ese movimiento.
– No puedo – contestó el otro – o de lo contrario me ganarías.
– ¿Qué hacemos con mamá, hermanito? – dijo el primero, quitando la funda dorada a la moneda de chocolate y metiéndosela en la boca.
– Lo de siempre – contestó el segundo, imitando el gesto -. Hacerle caso hasta que baje la guardia y, cuando podamos, arrebatarle el cofre.
– Espero que la próxima vez no me traiciones.
– ¡Pero si me traicionaste tú!
– Lo que tú digas – finalizó el perdedor.
Salieron los dos de la cueva. Madre les esperaba en un bote con el cofre y el morro torcido. Amablemente les había dejado los asientos de los remos. El barco estaba al otro lado de la isla. Los dos hermanos supieron que les esperaba un viaje muy largo hasta casa.

Notas - 1 nota

  1. Micaela dice:

    Estos valientes piratas parece que van a por todas ¡no hay que claudicar, muchachos!

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