Pastelito

Tomó conciencia de lo que era en el escaparate de la pastelería. Se vio reflejado en el cristal. Vio su masa rosa, con una estrella dorada encima y el molde de color blanco a lunares rojos. Estaba divino… y relleno de mermelada de fresa. Se sentía irresistible.

Sin embargo, la gente pasaba frente a él, lo miraban, algunos entraban en la pastelería, pero nadie lo compraba. Era frustrante. Así que tomó cartas en el asunto y utilizó sus poderes, esos que utilizan los pasteles cuando quieren ser comidos y que obligan a las personas a obedecerlos, e inmediatamente una mujer de mediana edad entró en la tienda y se lo quedó.

La mujer se lo llevó empaquetado y, al llegar a casa, se sentó en la mesa de la cocina y se preparó para degustar aquel manjar. Entonces, viendo lo que estaba a punto de ocurrir, el pastelito rosa se dio cuenta de algo. Si ella se lo comía, nadie más podría saborearlo. ¡El mundo entero se perdería su sabor! Así que hizo lo único que podía. Utilizó por segunda vez sus poderes mentales, pero esta vez para que la mujer comprara más bollos como él y que los repartiera entre toda la gente que conocía. ¡Y la mujer lo hizo!

De repente, un mundo nuevo de posibilidades se abrió frente a sus ojos. Si era capaz de influenciar a una mujer, podía hacer lo mismo con muchas más personas. ¡Podía dominar el mundo! Comenzó a reír descontroladamente. Se vio a sí mismo como amo y señor de la tierra, controlando la fabricación de pastelitos para que todo el mundo lo deseara a él y a sus hermanos, para que todos se doblegaran bajo su molde. Todos le ansiarían. La gula los convertiría en sus esclavos…

– Cuidado, amigo, tu poder tiene un límite – dijo una voz.

– ¿Quién habla? – preguntó el pastelito – ¿Qué límite?

– No todo el mundo…

En ese instante un niño entró en la cocina, vio el pastelito rosa y lo cogió. El pastelito tuvo tiempo de utilizar su poder mental durante una fracción de segundo antes de que el niño se lo comiera de un bocado. “Está rico”, dijo el niño con la boca llena, “pero es más fachada que otra cosa. Demasiado empalagoso”, concluyó antes de irse.

– No todo el mundo te hará caso – completó con un susurró un brownie mordisqueado desde detrás de una alacena –. No puedes controlar a todo el mundo. Tarde o temprano, alguien te comerá.

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio)

Notas - 1 nota

  1. Rubén dice:

    Jejeje, muy divertido esa moraleja del brownie. Respecto a la idea que intenté explicar en comentarios pasados, he dejado un ejemplo en mi blog abriendo un proyecto de historias ilustradas, un saludo.

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