El duende de las zapatillas blancas
Cuando escuchó que iban a traer un ordenador a casa se asustó. ¿Significaba eso que no hacía bien su trabajo? Ella se levantaba temprano y esperaba a que se fueran. Entonces arreglaba la cocina, lavaba la ropa y la plegaba y, cuando sabía que estaban a punto de volver, dejaba la comida haciéndose para que estuviese lista y calentita cuando entraran por la puerta.
Unos días después lo trajeron y lo pusieron en una mesa. Era una caja negra y, la verdad, no impresionaba demasiado. Hacía ruido de aspirador, podía hacer sonar música y tenía una tele que parecía interesar mucho a los humanos, pero a parte de eso, no hacía nada. Le dejó unos calcetines arrugados durante todo un día y ni los plegó. Ni siquiera se molestó en hacerles un poquito de caso ¿Qué clase de ordenador ve cosas fuera de lugar y no las pone en su sitio?
Una noche que no había nadie lo vio encendido y decidió investigar. Se sentó frente a él, puso las manos sobre la tabla con letras y la cajita redonda con botones como hacían los humanos y esperó. Cuando se cansó de que no ocurriera nada le dijo “Enséñame qué haces” y chasqueó los dedos. Sonó un blip y a continuación por la televisión salieron fotos de lugares lejanos, historias de gente que no conocía y cuentos sobre hadas y duendes de los que nunca había oído hablar pero de los que inmediatamente quiso saber más. Pasó horas absorbiendo y aprendiendo todo lo que le mostraba. Al amanecer, cansada y con la cabeza saturada de tanta maravilla, apagó la pantalla y bajó de la silla. Justo antes de irse a dormir lo miró y, con una media sonrisa, le dio las gracias.
Desde algún sitio, algo con voz metálica contestó “de nada”.
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