La niña

La lluvia repiqueteaba en los tejados. El viento, agudo y frío, azotaba las ventanas con un aullido de interminable dolor tratando de colarse en la cálida habitación. Única habitación de una pequeña casa situada en lo más profundo un bosque ya de por sí húmedo y frío.

Una gota bajaba por el cristal con la intención de llegar lo antes posible al suelo y así acabar con un tramo de su ciclo vital. Mientras eso pasaba, una niña de cuatro años, castaña y con un pirri que salía como una palmera de la parte derecha de su cabeza, miraba ensimismada, con unos prociosos ojos marrones verdáceos, aquello que bajaba por la ventana y se preguntaba qué extrañas fuerzas hacían que tanta agua cayera del cielo y por qué una cosa tan pequeña podía caminar por un cristal. ¿Podría ella hacerlo? Ella era más grande. Puede que hubiera gente más grande que ella, pero ella ya tenía cuatro años. Y eso son muchos años. Sobre todo si los cumplías ese día.

Miró la gota. Vio cómo se retorcía por el cristal, en un interminable camino hacia… bueno, hacia donde vaya una gota. Algún destino tendrá. Y, aunque en ese momento no lo sepa, cuando llegue sabrá que habrá llegado y se detendrá. Pero la niña no pensaba en eso. Ella miraba los movimientos de la gota: abajo, abajo-derecha, abajo, pausa, abajo-izquierda, marco de la ventana y final de trayecto.

La pequeña se aceró a la pared que estaba a su lado. Se pegó tanto como pudo a ella. Juntó los pies, acercó las manos a su cuerpecito, se arrepretujó contra la pared y empezó a refregarse: derecha, pauda, izquierda, derecha, izquierda… pero no se movió. Esperaba poder trepar por la pared. Si una gotita podía hacerlo, ¿por qué ella no?

– Porque tú eres una niña y no una gota de agua. Las gotas siempre están subiendo, bajando y fluyendo. Y tú eres una niña que ya deberías estar en la cama.

  La voz, tierna, cascada y ligeramente aguda, provenía de la anciana sentada en una mecedora junto a la chimenea. Otrora bella y espléndida, sus ojos no habían pedido nunca aquella chispa cálida que te envolvía al mirarla.

– Sí, iaia – dijo cuando se acercaba a la mecedora -. Buenas noches.

  Besó a la anciana en una mejilla. Mientras se acercaba a su camita, oyó la misma voz susurrar un «buenas noches» y se durmió arrulada por el ñik-ñak de la mecedora y el crepitar de la leña.

  La voz volvió a susurrar, más pensando en voz alta que hablando a alguien:

– Descansa y duerme esta noche, pues mañana será un día duro.

 La anciana bruja siguió meciéndose hasta que la niña estuvo profundamente dormida. Apagó el fuego y ella también durmió. También para ella sería un día duro el de mañana. Siempre era duro empezar a adiestrar a una aprendiz. Pero lo era aún más si sabías que iba a ser la última.

Texto: Pepe Fuertes (@pepefuertes)
Ilustración: Teresa Cebrián (@cebrianstudio

Notas - 2 notas

  1. Oyros dice:

    Este cuento es de antes del 2006…

  2. Anuska dice:

    Me gusta =)

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