La gourmet

Calcetines rayados, lisos o a cuadros. Todos estaban muy buenos. Pero había unos en particular que eran deliciosos: los de puntilla. Remojados, con un poco de espuma y con una patata bien grande en la punta era un manjar digno de reyes.

Sin embargo no se los podía comer así como así. Lo había aprendido por las malas. Se había tragado un par de aquellos irresistibles tobilleros de algodón y los estaba digiriendo cuando llegó el fontanero. Se asustó, así que antes de que se pusiera a desmontarlo le ofreció un trato a la dueña. Ella de vez en cuando le pondría uno o dos calcetines deliciosos que estuviesen en las últimas y él, a cambio, lo dejaba todo bien limpio y reluciente, que no mezclaría los colores y que no se llevaría nada más.

Ella aceptó.

Notas - 2 notas

  1. Micaela dice:

    Cómo mola esta lavadora.

  2. Fer dice:

    Ahora entiendo muchas cosas…

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